Algunos presupuestos para comenzar:
a) La comunidad no es un fin en sí misma. Nuestra comunidad, como la Iglesia, “existe para evangelizar”. Todo dinamismo, actitud, costumbre, estructura que tienda a convertir la comunidad religiosa en un ghetto la transforma automáticamente en un grupo “no evangélico.
b) La comunidad trinitaria forma parte de una red más amplia: el Vicariato, la Provincia, la Orden, la “Familia Trinitaria”, la Iglesia, la sociedad civil. La vitalidad de la comunidad depende en gran manera del “ida y vuelta” que se produzca en las relaciones de la misma con su “entorno”. Una comunidad cuyas “fronteras” no sean “permeables” está condenada a la muerte. Por otra parte, una comunidad que no tenga algún tipo de “fronteras” que le den identidad y le garanticen los indispensables espacios de intimidad, también está condenada a desaparecer porque el entorno se la “tragará”.
c) La comunidad tiene a Jesús Resucitado en su centro. Debería estar demás recordarlo. Pero si esa presencia no se visibiliza, no se explicita y no se “siente” en la vida cotidiana, la comunidad no será más que un grupo de amigos o de trabajo y terminará “disgregándose”. La cohesión que necesita la comunidad, como todo grupo humano, le viene del amor. Y la fuente del amor cristiano es la conexión existencial con Jesús que nos ama a todos y cada uno incondicionalmente y nos convoca a vivir en la unidad.
d) La comunidad no es algo adquirido para siempre. Se construye día a día. Es un organismo vivo. Como todo organismo vivo necesita “alimentarse”, si no se muere. El principal alimento de la comunión es el diálogo.
e) La comunidad no existe “como tal” y no es el resultado matemático de la suma de sus integrantes. Las que existen son las personas que la integran y que la construyen y reconstruyen cada día. Sin “sujetos”, sin personas con capacidad de hacerse hermanos y/o sin deseos de serlo, sin suficiente solidez personal, autoestima, identidad... no es posible una comunidad viva, orgánica y plenamente humana. Fácilmente se caerá en la “uniformidad”, uno de los grandes peligros y enemigos de la auténtica fraternidad cristiana.
Sin embargo es verdad que en la medida en que los vínculos entre las personas son más profundos y auténticos va surgiendo algo nuevo. Esos lazos van generando una trama de relaciones, una comunión, incluso inconsciente, a la cual no se le puede negar “realidad” dada la influencia real que tiene sobre cada una de las personas5. Es muy interesante darse cuenta como, por ejemplo, en un grupo donde se dan relaciones profundas y significativas entre los miembros comenzamos a soñar unos con otros. Jung diría que en el grupo va surgiendo un “inconsciente colectivo”.
f) La comunidad debe satisfacer las necesidades humanas básicas de sus miembros: quiero destacar la necesidad de “compartir la intimidad”. La palabra “intimidad” refiere al “mundo interno” de cada uno (sueños, dificultades, historia, problemas, crisis, necesidades y deseos...). En relación con la “intimidad” hay un derecho a que nadie me la atropelle y la invada (derecho al pudor, a mi “secreto”); y hay una necesidad (es decir, ”deber”) de compartirla con alguien; sea amigo/a, acompañante espiritual, ministro de la comunidad, hermano, confesor.., y de una vida cotidiana “equilibrada” (descanso, trabajo, oración y formación, examen, compartir, entrega a los demás...), de soledad y comunión. Necesidades del cuerpo, de la psique y del espíritu. Desconocerlas, pretendiendo que por ser religiosos estamos más allá de las necesidades básicas del resto de los mortales, lleva a la soberbia y a la deshumanización.